Si hay algo me molestan mucho en esta vida son las mudanzas. Las detesto. Me gusta cambiar de aires cada cierto tiempo, ando alquilando apartamentos en un promedio de cada seis meses por razones de trabajo, pero odio tener que desempacar todo. A veces pienso en la posibilidad de dejar todos e irme solo con lo puesto, cosa imposible en esta vida, solo sonrío perversamente imaginando el placer de no tener que perder hora y horas abriendo cajas y poniendo cosas por todos los lugares del apartamento de ocasión.
He tenido varias veces problemas con las agencias de mudanzas, se me han perdido cajas, me han llegado otras, muchas cosas se han roto o han sufrido abolladuras en su traslado, casi siempre me ha costado en todos los casos una buena suma de dinero. Recuerdo una vez, la primera que hice mudanza, demoré una semana ordenando todo y designándole una caja apropiada a cada objeto de la casa, desde las cosas de la cocina, hasta las cosas del baño. Vivía en una casa de dos pisos y la propiedad había sido vendida a unos familiares por cuestiones de comodidad, viviendo solo era mejor un apartamento y había gastado todas las tardes durante seis días seguidos empacando todo, votando cosas inservibles y tratando de llevar la cuenta de todo lo que el servicio de mudanza se llevaría.
Cuando los hombres de la mudanza llegaron abrieron todas las cajas que yo pacientemente había demorado horas en cerrar con cientos de metros de cinta adhesiva, debían llevar cuentas de casa cosa que les entregaba para, según ellos, no tener problemas a la hora de la entrega, luego empezaron la contabilidad de las cajas, las sugerencias para cambios de caja porque una era muy pequeña o muy grande o muy débil para el tipo de objeto que trasladaba y ellos no se responsabilizaban por los daños, era todo un desastre.
Después vino el momento del traslado, todas las cajas las guardaron en un camión inmenso, sin el más mínimo cuidado iban apilando las cajas como si en su interior guardaran cualquier cosa, la riña con esos hombres exigiéndoles que tengan mas cuidado solo me beneficiaba aumentándome la cólera. El resultado lo vería días después, cuando ya instalado en el apartamento nuevo, terminara de abrir todas las cajas y de encontrar tantos adornos y rotos y otras cosas que –en el peor de los casos- no encontraría.
Y quejarse no da resultados, siempre la mudanza sale con algo a su favor, solo queda sonreír y dedicarse a otras cosas luego de tanto cansancio. El hecho de cambiar de aires cada tiempo y de no vivir en la rutina misma de una s cuatro paredes conocidas de recorridas, hace valer vale la pena tan demandante esfuerzo.
Una verdadera odisea mudarse, más aún cuando el hígado te zapatea tanto por cuanto motivo se presenta para hacerte el trajín más intenso, los días de mudanza son verdaderos retos que debo vencer cada vez que cambio de casa o apartamento.